Cuando mis padres eran más jóvenes, vivían en una casa en un pueblo con mi bisabuela y dos gatos.  La bisabuela no importa para esta historia, pero los gatos sí.  Se llamaban Chuleta y Escoria, pues, en verdad Porkchop y Scumbag, pero en español...  vale.  Mi mamá los llamó y no tengo ninguna idea por la que eligió esos nombres.  Normalmente los gatos se llaman «Velloso» o «Caramelos» o «Melocotones», según el color del pelo, ¿no?  Pues, en ese caso, no.  Lo único que sé sobre Escoria es que su nombre fue terrible (no es que Mamá no lo adorase; es que su sentido de humor fue bastante extraño), pero hay una historia de Chuleta que me encanta contar...   :)

Chuleta era el gato favorito de mi mamá, que dijo a mi papá que si algún día Chuleta se muriese, que no le dijese a ella porque no querría saber.  Y por supuesto, finalmente Chuleta se murió.  Al sacar la basura una mañana mi papá lo encontró al lado de la papelera, rígido y frío.  Para que mi mamá no supiese, Papá puso el cadáver del gato en la bolsa de basura, y cuando el basurero vinió, así mi papá se despidió de Chuleta, y no le dijo a Mamá (según su deseo).  Al no encontrar a Chuleta ese día, Mamá se puso afligida por la seguridad y ubicación del gato, y decidió caminar en el barrio, buscándolo.  Mi papá la acompañó, y se puso avergonzado porque Mamá gritaba «¡Chuleta!  ¡Chuleta!» por el barrio entero, y es probable que todos los vecinos se preguntasen qué era el problema con la mujer loca que buscaba una chuleta.  Y Papá no dijo nada, y después de una semana, Mamá decidió que Chuleta había huido.  Pues, después de veinte años por fin Papá contó la verdad a mi mamá, y no supo si iba a  enojarse, pero ella lo pensaba muy cómico.