Hoy voy a contar de nuevo un cuento de hadas que ha sido un favorito mío desde mi niñez.  Afortunadamente todos esos cuentos ya están en el dominio público, así que puedo practicar mi esctritura sin violar los derechos del autor, quién sea.  ;-)  Vale, el cuento de los seis cisnes empieza con una familia real:

Había una vez un rey y su reina, que vivían en un país grande y hermoso.  Tenían una familia bastante grande: siete hijos, pero todos eran varones menos la más joven, una niña.  Y ésa era la chica más amable y cariñosa que nunca se ha conocido.  Bueno, ocurrió que la reina murió.  El rey se sentía tan vacío sin su mujer que apenas sabía qué hacer con sus siete hijos; pero entendía que había que hacer algo por ellos; por eso se casó por la segunda vez, no por amor de una segunda mujer, sino porque creía que sus hijos, y especialmente su hija, necesitaban una madre.  Pero el rey no actuó con sabiduría en elegir a la nueva reina; ella era una mujer cruel, a quien realmente no le interesaba cuidar por sus hijastros.  Era una bruja y ya que no le bastó el poder de su magia, quería también el poder real.  El amor del poder le hace cosas terribles a una persona.  Pues, el rey se casó nuevamente y los hijos suyos tenían que soportar los abusos de su madrastra- su celosidad, ira, y mal humor.  Pero eran buenos chicos e intentaron tratarla bien a la nueva reina, aunque ella no lo merecía.  Todos vivían juntos durante años, y los niños crecían hasta maduros, mientras el rey se puso viejo.  La reina veía eso y sabía que si muriese su marido el rey, el poder se transmitiría al mayor de los príncipes, y no a ella.  Por eso formuló un plan más feo que nada.  Ocurrió un día que los seis hermanos y su hermana estuvieron dando un paseo por el lago que se situaba en el bosque detrás del palacio.  Desconocido a ellos, la reina malvada los había seguido con malas intenciones.  Os dije que la reina era también una bruja que tenía una magia poderosa; con ésta transformó a los seis príncipes en cisnes, y cada uno llevó una corona.  Pero a la princesa no la convirtió, porque los cisnes picaron y mordieron a la reina-bruja y uno de ellos cogió en el pico su varita mágica y la rompió antes de que ella podía conseguir su plan en total.  «Así serán por el resto de sus días,» le informó a la princesa, «Sólo durante las tres siguientes noches de luna llena volverán a ser humanos, y esto sólo si están por el lago.  Y esas tres noches serán las únicas veces que el encanto se podrá romper; pero si tú dices cualquier cosa, aunque sea la más mínima palabra, entonces el encanto se pondrá permanente.  ¡Nunca lo podrás contar a tu padre!  Y ahora después de que los tres meses hayan terminado, ¿quién será la más poderosa?  ¡Yo!»  Y con esas palabras, los dejó allí.  Todo el pueblo de ese país lloró al enterarse de que los hijos de la familia real se habían desaparecido.  Y durante un ratito, parecía que la reina iba a disfrutar de su éxito.  Pero vamos a ver qué hacía la princesa.  Dentro del bosque vivía una anciana muy sabia y buena.  Al coger unos hongos ese día entre los árboles del bosque, encontró a la princesa y, aunque esa no podía hablar, consiguió comunicarle, por gestos y señales de las manos, que algo terrible había ocurrido y que los cisnes eran, de alguna manera, conexionados con ella.  La anciana no entendía exactamente qué quería decirle la chica, pero le dio lo único que tenía que pudiese ser útil: Una canasta enorme de cardos secos.  (Es un cuento de hadas; los detalles no tienen que tener sentido.)  «Toma,» le dijo a la princesa, «Has de escarbar los espinos y separar las fibras, que tienen una magia especial.  Haz hilo de la fibras y téjelo en una tela mágica.  Con esa podrás hacer qué quieras; te obedecerá.»  Un poco confundida ya, la princesa tomó la enorme canasta y sus contenidos, sonreyó a la anciana para darle las gracias, y, sentada al lado del lago donde nadaban sus hermanos-ahora-cisnes, y se puso a escarbar los espinos.  Era trabajo menial, y no tardó mucho tiempo que los dedos empezaron a sangrar por los avispados espinos.  De repente, un escuadrón de soldados montando a caballo pasó por ahí, y por delante de ellos estaba el rey del país vecino.  Habían venido a hacer negocios con el rey principal de este cuento, pero ahora habían terminado y la compañía regresaba a su país.  Por casualidad, la princesa no había visto al rey vecino, y por eso él no la reconoció cuando la vio sentada con la canasta.  «Caramba, ¡qué mujer más hermosa!» dijo él, y desmontó de su caballo para acercarla; era un caso de amor a la primera vista, y ya quería pedirle a la chica que se casase con él.  Pero obviamente la princesa no podía contestarle; ¿cómo iba a hablar, y así condenar a sus hermanos a la vida como cisnes?  El rey pensaba que la chica simplemente era muda, pero tan enamorado estaba él, que cogió a ella y su canasta con los cardos, y trajo todo a su país.  «En tres meses celebraremos nuestra boda,» le dije a la princesa (que él no sabía que era princesa).  La chica no quería casarse con ningún desconocido, pero vio que había traido la canasta e iba a dejarla continuar su trabajo.  Así que se puso a trabajar nuevamente.  Durante los dos meses y media siguientes, la princesa trabajaba duro, separando las fibras y tejéndolas en una tela blanca y suave.  El rey, aunque los reyes suelen estar muy ocupados con asuntos gubernamentales y cosas así, nunca dejó que pasaría un día sin que la visitase, y la princesa no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que era realmente buena gente, generoso y amable.  Y se quedó enamorada de él, justo como él estaba de ella.  Deseaba decírselo, por supuesto, pero no podía, a menos que sus hermanos quedasen de cisnes para siempre.  Por eso mantenía el silencio, pero el amor crecía en su corazón.  Pero todo no estaba bien- los criados del rey temían a la princesa.  El rey vio sólo lo bueno y hermoso en ella, pero a los demás les parecía extraño que una mujer pasase todos los días haciendo tela sin decir nada- y aún más, ahora la chica había acabado de tejer la tela y de ella estaba cosiendo camisas.  ¿Para qué tenía la futura reina hacer camisas a mano?  Así pensaban los criados del rey, y concluían que la princesa era realmente una bruja, y que el rey era ciego por el amor.  Por eso, un día (y ése fue el último día antes de que la luna se iba a llenar por la tercera vez, la última vez antes de la boda, y la última oportunidad para la princesa a regresar a su país y el lago donde todavía nadaban los seis cisnes) los criados decidieron tomar en sus propios manos la situación que pensaban era realmente peligroso para su rey y su nación.  Mientras el rey estaba ocupándose con unos embajadores importantes, el administrador del castillo cerró a la princesa en la despensa y tiró la llave en el jardín.  La chica lloró silenciosamente y golpeó a la puerta, pero infructuosamente- estaba cerrada y allí estaba ella, y no pudo pensar en nada más que en la sexta camisa que tenía que completar para esa noche, y que aún faltó una manga.  El rey, al terminar con sus negocios, acudió a la habitación de la chica para su visita diaria, pero no la encontró allí.  Preguntó a todos los criados si la habían visto, y cuando todos lo negaron, el rey fue sí mismo a encontrarla.  Buscó en cada habitación importante en el castillo, pero se puso muy nervioso al no encontrarla.  Al jardín se fue, y por supuesto tampoco estaba allí.  Entonces el rey se sentó en un banco bajo un árbol, afligido y a punto de llorar, porque le parecía que el amor de su vida lo había dejado.  Pero repentinamente, notó en el pasto algo que brillaba como hierro.  Cogió la cosa en la mano- era la llave de la despensa, que el administrador había tirado.  Una última, loca esperanza alzó en la mente del rey.  Sabía que no era lógico- ¿por qué estaría la chica en la despensa?- pero según la intuición, el rey entró de nuevo el su castillo y a la despensa.  ¡Qué alegría sintieron tanto él como la princesa cuando se abrió la puerta!  «Pensaba que nunca te iba a ver más», le dijo a ella, y la chica lo abrazó con todo su amor, pues no le podía explicar nada todavía.  Cogió al rey por la mano, y corrió hacia su habitación, donde cogió las cinco camisas completas y la una que todavía faltó la manga.  El rey no sabía qué ella estaba haciendo, pero se dio cuenta de que tenía que ser algo bien importante, porque la chica ya estaba corriendo fuera del castillo con las camisas.  La siguió y los dos montaban al caballo tan rápido como podían.  Cruzaron la frontera de los dos países (en aquellos días no era necesario llevar un pasaporte ni pasar por la aduana) y llegaron por fin al lago en el bosque, más cansados que nadie nunca ha estado, y los caballos también, pero allí estaban los seis hermanos de la princesa, ya en forma humana por la luz de la luna llena.  Pero ésa estaba a punto de desaparecer- el amanecer amenazaba ya.  Rápidamente, antes de que podía perder la última oportunidad de salvar a sus hermanos, la princesa cubrió a cada uno en las camisas mágicas que había tejado de las fibras de los cardos.  Y mientras el sol subió sobre el horizonte, los seis príncipes permaneceron humanos.  Por fin, ¡el encanto de su madrastra había sido roto!  Con una excepción- el más joven de los hermanos tenía un brazo que se convirtió de nuevo en el ala de un cisne cuando la luz solar lo tocó.  Y así quedó por siempre, pero eso no le importaba a nadie, teniendo en cuenta que se había evitado algo mucho peor que una sola ala.  Y por fin, ahora que el encanto ya no se tenía que temer, la princesa podía hablar con el rey.  Le declaró su amor, y los dos regresaron a su país y al castillo, donde explicaron a todo el mundo qué había pasado.  Los criados, viendo que la chica realmente no era bruja, le pidieron perdón y se los dio, porque no era una chica rencorosa sino comprensiva y amable.  El rey y la princesa se casaron y la celebración era hermosa y alegre.  Vivían muchos años con amor y felicidad.  ~Fin~ 

Vale, quizá no es exactamente como mi mamá me solía contar cuando era niñita, pero...  Más o menos, así es una de mis favoritos cuentos de hadas.  (Supongo que la malvada madrastra murió o algo; en cualquier caso, nunca volvió a hacerles daño más.)